Santo Domingo, 25 jul (Prensa Latina) Si usted le pregunta a cualquier ciudadano del mundo qué se necesita para fundar la identidad musical de una nación, lo más probable es que le hablen de conservatorios europeos, partituras sofisticadas o, como mínimo, un cantante con voz de barítono.
Pero la República Dominicana no es cualquier nación, y en este rincón del Caribe el ritmo que define el alma del pueblo comparte nombre con un ave verde pasada por una trituradora.
La mezcla del acordeón, la güira y la tambora convergen en el ritmo nacional dominicano, el mundialmente conocido merengue, también llamado Perico ripiao en su versión tradicional.
Como ocurrió con otros ritmos bailables, la alta sociedad y los intelectuales en un principio se llevaban las manos a la cabeza al ver a la gente tan pegada.
Más de uno intentó prohibirlo por tener letras «subidas de tono», cuando en realidad en su gran mayoría son obras maestras del doble sentido y la picaresca.
En pleno 2026, cuando todo el mundo pensaba que la inteligencia artificial o el autotune dominarían el mundo, aparece un muchacho con un organillo (El Rubio Acordeón) tocando más rápido que la velocidad de la luz y se vuelve viral en TikTok.
Al igual que el artista perdió su nombre original (Enmanuel García) esto indica que el merengue típico sobrevive, aunque el ritmo va tan rápido que funciona como un sustituto directo del café expreso.
La rebeldía de este género inicialmente censurado demostró que al dominicano se le puede quitar todo, menos las ganas de mover los pies.
Al final, los intelectuales pasaron al olvido, las leyes moralistas se borraron y el Perico ripiao se quedó muy orondo con el trono de la dominicanidad.


