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Michael Jackson 2026

No estamos frente a una investigación biográfica. Estamos frente a una reconstrucción mitológica. Y ambas operaciones poseen objetivos completamente distintos.

Desde la perspectiva de la crítica cinematográfica, Michael (Antoine Fuqua, 2026) constituye una obra profundamente ambivalente. Es, al mismo tiempo, un espectáculo biográfico técnicamente impecable y una narración dramática que evita confrontar los aspectos más incómodos del personaje que retrata. La película fascina por su recreación del mito, pero rara vez se atreve a deconstruirlo. El resultado es una obra que funciona con extraordinaria eficacia como homenaje, aunque resulta menos convincente como biografía crítica.

Desde sus primeros minutos, Fuqua deja claro que su interés no reside en documentar la totalidad de la vida de Michael Jackson, sino en construir una narrativa sobre el nacimiento de un icono cultural. El relato recorre la infancia en los Jackson 5, el conflicto con Joe Jackson, la emancipación artística de Off the Wall, la revolución cultural de Thriller y culmina con el período de Bad. La película decide deliberadamente detenerse antes de la etapa más polémica de la vida del cantante, decisión que condiciona por completo su discurso histórico.

La primera virtud de Michael reside en la construcción del espectáculo cinematográfico. Antoine Fuqua demuestra una sorprendente contención formal. Aunque es conocido por un cine de acción vigoroso (Training DayThe Equalizer), aquí opta por una puesta en escena clásica donde predominan movimientos de cámara elegantes, composiciones limpias y una fotografía cuidadosamente diseñada por Dion Beebe que reproduce la estética de cada década mediante variaciones cromáticas y lumínicas.

La dirección evita convertir la película en un videoclip permanente. Las secuencias musicales funcionan como puntos culminantes del desarrollo dramático, no como simples recreaciones de conciertos. Esto resulta especialmente evidente durante la producción de Thriller, donde la cámara enfatiza el proceso creativo más que el espectáculo terminado.

El mayor logro artístico pertenece, sin duda, a Jaafar Jackson.

Interpretar a Michael Jackson suponía uno de los desafíos actorales más complejos del cine biográfico contemporáneo. No bastaba con reproducir movimientos corporales o expresiones vocales; era necesario capturar esa combinación casi imposible entre fragilidad emocional y perfeccionismo obsesivo que caracterizaba al artista.

Jaafar evita caer en la caricatura.

En lugar de imitar mecánicamente a su tío, construye una interpretación basada en pequeños gestos: la manera de bajar la mirada, las pausas antes de hablar, la timidez casi patológica frente a desconocidos y la transformación física absoluta cuando sube al escenario.

Existe una dualidad constante entre Michael persona y Michael personaje.

Fuera del escenario aparece como un individuo extremadamente vulnerable; sobre él, adquiere una dimensión casi sobrehumana.

Esa transición constituye probablemente el momento más brillante de la interpretación.

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